CURIOSIDADES BÉLICAS: Argonne 1918. Más allá del mito de una lucha infernal (1 de 2).

Un artículo de nuestro bloguero invitado: Daniel Ortega del Pozo.

Quisiera transportar en este relato al lector a los primeros días de Octubre de 1918. La Gran Guerra, la Primera Guerra Mundial, está a punto de concluir. Pero, por desgracia para los que se hallan en el campo de batalla, aún resta algo más de un mes para que se produzca la firma del armisticio. Nos encontramos en un sector muy concreto del frente occidental. Ni más ni menos que en un punto al este de Francia, entre Reims y Verdún. Hablo de un extenso bosque que surca de norte a sur dicho terreno y que recibe el nombre de Argonne. Allí, en cuestión de horas, está a punto de desatarse un verdadero infierno que, quienes paladeamos la Historia, apenas logramos imaginar lo que vivieron sus protagonistas.

Argonne, si lo situamos en uno de los mapas que maneja el Alto Mando de los ejércitos aliados, es un punto más donde se acaba de desatar la ofensiva del Meuse-Argonne, encajada en una campaña de mayores proporciones que busca presionar y destrozar las líneas defensivas germanas. En esta gran campaña, iniciada en Agosto de 1918, que pasará a la Historia como “La Ofensiva de los Cien Días”, intervienen ejércitos de Francia, Reino Unido (en adición de otros países de la Commonwealth) y Estados Unidos (a los que se suman efectivos de otras naciones aliadas), y ha sido concebida y puesta en marcha para forzar a Alemania hacia una rendición total. Para ello, tomando como vértice la conocida ciudad de Verdún, los ejércitos aliados comenzarán a presionar de forma coordinada al norte y al sur de dicha localidad… Pero también en sus alrededores más inmediatos… De ello se encargarán las tropas norteamericanas recién estrenado el mes de Octubre de 1918.

 

Mapa de situación general de la recta final de la Gran Guerra.

 

¿Qué se esconde en Argonne?

 

Es en este bosque de Argonne, uno de los más frondosos que rodean Verdún, donde los alemanes aguardan lo inevitable. Desde las fases iniciales de la guerra, los germanos han ocupado el mismo, por lo que quien ose adentrarse en la floresta deberá afrontar una muerte casi segura. El interior del bosque está plagado de trincheras interconectadas entre sí. Un entramado de posiciones defensivas de primera línea, puestos de escucha y parapetos que, a modo de avanzada, sirven a los alemanes para detectar posibles incursiones enemigas. Detrás de esta primera línea, a lo largo de varios centenares de metros, densos entramados de alambre de espino, algunos incluso tendidos bajo el caudal del río y los arroyos que surcan la vegetación, configuran un mar de púas de acero casi infranqueable.

Detrás de estos primeros obstáculos, una segunda línea de trincheras más sólidas dibuja entre los árboles una barrera que nadie en su sano juicio osaría asaltar. Protegida por puestos fortificados donde se han emplazado ametralladoras, piezas de artillería y morteros, los alemanes aún mantienen firme la confianza en su sistema defensivo, pues hasta la fecha, han conseguido repeler todos los ataques allí lanzados por sus adversarios. En el interior de estas posiciones bien camufladas entre la vegetación y el entorno boscoso, los soldados del Káiser Wilhelm II conversan en voz baja. Uno de tantos soldados asegura haber escuchado a los oficiales que se cierne sobre ellos un inminente ataque norteamericano. ¿Será cierto ese rumor?

 

¿Quién se adentró en aquella trampa mortal?

 

El general al mando de los efectivos que están a punto de adentrarse en Argonne, días atrás dejó patente en los siguientes términos una orden tajante, diríase que rozaba la conminación al suicidio:

“…Una de las tretas favoritas de los alemanes es sembrar la confusión mediante el grito de órdenes de retirada. Si, en medio de la lucha, cualquier orden de semejante tipo es escuchada, tropa y oficiales se asegurarán que es emitida por el enemigo. Quienquiera que dé esa orden es un traidor y es deber de cualquier oficial u hombre fiel a su país […] de disparar en el acto al transgresor”.

Si lo anterior no bastaba, el General Alexander, hombre aguerrido y de valor más que demostrado durante los inicios de su participación en la contienda, acuñó las siguientes palabras: ¡No vamos a retroceder salvo para avanzar!. Alexander mandaba la 77ª División de Infantería, la protagonista absoluta de la hazaña que, ni por asomo, estaba a punto quedar grabada en los libros de Historia.

 

General Robert Alexander.

 

El día 1 de Octubre, el Major (comandante) Charles White Whittlesey, oriundo de Wisconsin, de 34 años de edad, recibe la orden de avance, que deberá efectuarse por el extremo izquierdo del bosque de Argonne. El Comandante Whittlesey, quien forma parte de la citada 77ª División de Infantería, marcha junto a sus compañeros de armas, un total de unos 550 soldados (tropa y oficiales). Entre sus tareas principales se encuentra la de tomar la carretera de Binarville – Charleveaux, donde un molino le servirá de referencia para indicarle que se hallan en la dirección adecuada. Una vez cumplida la primera misión, deberá adentrarse en lo más profundo del bosque, no sin antes capturar y asegurar la carretera e incluso una línea ferroviaria que discurre en paralelo. Si lo consigue, logrará causar un buen quebradero de cabeza a los alemanes, pues una de sus rutas de suministros principales quedará seccionada en dos.

 

Comandante Charles White Whittlesey.

 

Aunque Whittlesey es el comandante en jefe del 1er Batallón del 308º Regimiento de Infantería, pronto se verá en la tesitura de tener que dirigir una mezcolanza de compañías: la A, B, C, E, G y H del 308º Regimiento de Infantería, la compañía K del 307º Regimiento de Infantería y la compañía C del 306º Batallón de Ametralladoras (hay fuentes que también añaden la compañía D de este último batallón). Todas estas compañías pertenecen a la 154ª Brigada de la 77ª División de Infantería. Faltan horas para que el propio Whittlesey se enfrente a un destino que jamás hubiese imaginado ahora que, más que nunca, el final de la guerra y la victoria sobre Alemania se presumen al alcance de la mano.

 

Comienza el ataque.

 

El mismo día 1 de Octubre, Whittlesey y su batallón ya se encuentran en marcha para cumplir con su cometido. No tardan en enzarzarse en algunas refriegas con los alemanes. Escaramuzas e intercambios de disparos que no detienen los progresos de la unidad dirigida por Whittlesey, pero tampoco la tarea se presume tan sencilla como se presumía en primer término. Tal es así que, pasadas las cinco de la tarde, los combates cesan y entre los hombres serpentea la orden de ponerse a cubierto para pasar la noche a la intemperie.

Al día siguiente, el 2 de Octubre, la suerte de Whittlesey y sus hombres está a punto de sufrir un revés imprevisto que, durante las primeras horas de la jornada, parece inconcebible. El progreso de los norteamericanos hacia sus objetivos no resulta fácil. El combate en los arrabales del bosque y, después, ya en su interior, comienza a pasar factura a su unidad. Parece que los alemanes no albergan la idea de la retirada, ni mucho menos. Tanto su sistema defensivo emplazado en Argonne como su trayectoria durante largos años de lucha en la Gran Guerra, consiguen mantener a raya a los soldados llegados a suelo francés desde América. Muchos de ellos apenas cuentan con la experiencia suficiente para enfrentarse con garantías a un adversario curtido y que se sabe entre la espada y la pared. Bisoñez que se paga con sangre. Sangre que impregna el terreno donde el propio Whittlesey tiene posadas su botas.

 

Ilustración que recoge el infierno de Argonne (créditos al autor).

 

Tras sus inseparables gafas de cristales redondeados, la mirada del oficial, de aspecto sosegado pese al estruendo de los combates, se posa en los cuerpos de aquellos hombres que acaban de perecer bajo el plomo alemán. Parapetado tras un pliegue del terreno, el comandante analiza la situación mientras las balas silban sobre su cabeza y las explosiones de los obuses germanos machacan todo a su alrededor. Los sanitarios apenas pueden cumplir con su trabajo. Demasiados heridos y moribundos a los que atender al mismo tiempo. Incluso los camilleros, derrengados y en una muestra de coraje sin parangón, se dejan la piel para evacuar de la primera línea de fuego a los que presentan una mínima oportunidad de salvar la vida en retaguardia.

Whittlesey no se amilana. Hombre de leyes en la vida civil, inteligente, constante, sacrificado y luchador, es un oficial de procedencia humilde que sabe lo que cuesta conseguir algo en la vida. Clavado en aquel lugar a la espera de que arrecie el vendaval de muerte nunca logrará alcanzar los objetivos asignados, así que resuelve proseguir el avance. Bajo su dirección, con bríos renovados, el ataque de los estadounidenses a través del bosque se salda con ciertos éxitos. Al anochecer, exhausto y con una sed terrible, recibe una noticia alentadora. Algunos de sus subordinados han encontrado un resquicio en las defensas enemigas que les puede conducir hacia uno de los flancos de la colina 198, uno de los objetivos relevantes señalados en su mapa.

 

Comandante Whittlesey.

 

Por desgracia para el batallón de Whittlesey, además del resto de la 154ª Brigada a la que pertenece, a sus oídos llega una noticia devastadora. Sus camaradas franceses, además de otras unidades norteamericanas que se suponía cubrían ambos flancos del avance de Whittlesey y sus hombres durante aquella jornada, no han progresado en territorio enemigo al mismo ritmo que ellos. Los alemanes han contraatacado en sus respectivos sectores y han ralentizado e incluso repelido el ataque aliado. Pero lo peor de todo es lo que cruza por su mente en esos precisos instantes.

Durante las horas finales del día ha conseguido alcanzar lo alto de la colina 198 y, allí, como una isla en medio del océano, se halla rodeado, no de agua, sino de centenares de alemanes dispuestos a dar caza sin tregua a sus hombres y a él mismo.

Después de lograr la proeza del asalto a la colina 198, todo el mundo recibe la orden de cavar pozos de tirador y parapetarse como mejor se pueda para pasar la tensa noche que les aguarda. Whittlesey es consciente de lo que ocurre. Están aislados. Rodeados por un enemigo que les supera en número y aprovisionamientos. Y algo que podría resultar fatal, apenas existe modo alguno de comunicarse con las unidades más próximas. Hombres que sirven como enlaces y palomas mensajeras son las únicas opciones con las que cuenta para dar a conocer su crítica situación.

La oscuridad envuelve el bosque. Numerosos parapetos y trincheras de primera línea alemanas, desalojadas estas últimas a la fuerza por los norteamericanos, ahora sirven de improvisado lugar de descanso. Pero, nada más lejos de la realidad… Permitir que Whittlesey y los suyos puedan tomarse un respiro no entra en los planes del enemigo.

 

Larga noche en la colina 198.

 

El aire mece las ramas de los árboles. Su silbido intimida, suena siniestro en los oídos de los acorralados en medio de la espesa arboleda. Tras un informe de situación, Whittlesey se percata de que él es el oficial vivo de mayor rango dentro de aquel embolsamiento. Por lo tanto, desde ese mismo momento, deja de ser el comandante del 1er Batallón del 308º Regimiento de Infantería para convertirse en el oficial al mando de todo el contingente allí atrapado. Ahora coordina todas las compañías, ocho según unas fuentes, nueve según otras… No sabe con exactitud, bajo el denso manto de oscuridad, cuántos hombres conforman el contingente que dirige. ¿Serán quinientos hombres? ¿Serán cuatrocientos después de las primeras cuarenta y ocho horas de lucha dentro de aquel bosque infernal?... ¡Quién puede saberlo!

 

Soldados norteamericanos en algún lugar no muy lejos del frente.

 

La realidad es implacable. Ni los franceses ni sus camaradas norteamericanos están donde se suponía que debían estar. Los flancos del avance han quedado desprotegidos y la apremiante situación le obliga a pensar con agilidad. Bajo la insufrible presión, con aire abstraído reflejado en su rostro de facciones delicadas, pergeña un plan para garantizar la supervivencia de sus hombres, al menos, de la mayoría de ellos. Allí, en la colina, dispone a las distintas compañías de tal modo que, con la mayor discreción de cara a los ojos del enemigo, conforma un perímetro defensivo donde las compañías menos castigadas se encargan de la defensa de los extremos del mismo. Por su parte, la parte frontal del perímetro, la que mira hacia los alemanes, permanece cubierta por una única compañía mientras que, la cara posterior de anillo defensivo, quedará vigilada por agrupaciones de fusileros y ametralladores que contarán con el apoyo desde el interior del cerco llegado el momento del inevitable contraataque alemán.

Inmerso en la penumbra, con mirada que refleja temple y concentración, Whittlesey necesita a toda costa conocer el estado de sus hombres a lo largo del perímetro, pero también resulta crucial contactar con otras unidades fuera del embolsamiento. Es durante esos momentos donde se presencian escenas de auténtico valor. Llega el turno de los mensajeros (o “corredores”). Se trata de un puñado de hombres que a sabiendas de que les aguarda un final más que previsible, se presentan voluntarios en unos casos, o reciben la orden en otros, para una tarea calificada de suicida. Deben recorrer el bosque en solitario, bajo la estrecha vigilancia de los germanos, para entregar o recibir información vital.

Se puede imaginar el lector lo que algunos de ellos pudieron sentir en aquellos momentos. Sensaciones que oscilarían entre el compromiso y la lealtad hacia sus compañeros de armas, otras que lo harían entre la fe ciega por el cumplimiento del deber y la resignación de hacer lo que es preciso. Fuese cual fuese el caso, muchos de ellos, en medio de veloces carreras a través de la floresta, fusil en mano y con los pulmones a punto de reventar por el avance en medio de un terreno tortuoso, perecieron bajo el certero fuego de las armas enemigas. Noche propicia para la caza en caso de los francotiradores germanos. Noche propicia para hallar una muerte digna de la más elevada admiración en caso de ser uno de aquellos soldados que, en un vano intento por deslizarse fuera del cerco, hicieron el máximo sacrificio en pos de un rescate más que necesario para sus camaradas.

 

Soldados norteamericanos abandonan una trinchera (imagen de un ejercicio de entrenamiento).

 

Entre tanto, la noche se desarrolla tensa. Los nervios están a flor de piel. Varios grupos de alemanes se infiltran en el perímetro defensivo establecido por los norteamericanos para cortar las vías de comunicación e intentar causar el mayor número de bajas posible. Pero, ¿por qué los soldados del Káiser se empeñan en actuar de ese modo? Sencilla respuesta. Algunos oficiales al frente de unidades alemanes creen que, a su vez, ellos son los acorralados, por lo tanto han resuelto abrirse camino entre la floresta cueste lo que cueste. O al menos pretenden intentar abrir un pasillo por el que el resto de sus camaradas, emplazados en retaguardia, puedan evacuar sus respectivas posiciones. Confusión absoluta.

 

3 de Octubre de 1918.

 

A lo largo de la mañana, los alemanes lanzan varios ataques desde todos los extremos del perímetro defensivo norteamericano. Estos últimos, superados en número y sin poder contar con una línea segura a través de la cual poder recibir valiosos suministros (víveres y munición), se disponen para aguantar todo cuanto los germanos están a punto de descargar sobre ellos.

Unos parapetados, pegados al terreno en busca de protección. Otros, los alemanes, avanzan con paso cauto entre la vegetación. Una vez se produce el contacto entre ambas fuerzas en combate, de inmediato se escuchan los primeros disparos. La fusilería de los contendientes crepita sin cesar. Su eco estremecedor puede escucharse a lo largo y ancho del bosque. Cuando la distancia se acorta, las granadas de mano vuelan peligrosamente de unas posiciones a otras. Las terribles explosiones dejan tras de sí un reguero de lamentos capaces de desgarrar el alma de cualquiera dotado de cordura. Voces de auxilio se entremezclan con los gritos propios del éxtasis de la refriega. Órdenes y juramentos en ambos idiomas acompañan las ráfagas de las ametralladoras que siegan vidas con pasmosa facilidad. Las armas automáticas de unos y otros resultan devastadoras. Para poner peor las cosas, cuando los hombres se hallan a escasos metros unos de otros, da comienzo el brutal combate cuerpo a cuerpo. Nos encontramos en la Primera Guerra Mundial, donde la lucha de este tipo adquiere unos tintes de salvajismo impropios a ojos de cualquier ser humano. Las bayonetas emplazadas en los fusiles reflejan con matices tétricos la luz del día. También lo hacen las palas de trinchera, navajas, pistolas, puñales y cualquier útil improvisado que pueda servir como instrumento de muerte instantánea en distancias cortas.

 

Infantes del Ejército de los EE.UU. manejan una ametralladora.

 

Alemanes y norteamericanos se enzarzan en una trifulca sin parangón. Hay quien no duda en atravesar el cuerpo de su adversario con la bayoneta tras efectuar un enérgico movimiento homicida capaz de desgarrar las vísceras y el alma de quien se pone por delante. Hombres que reciben la estocada mortal, profieren gruñidos incomprensibles al tiempo que se aferran al arma que sostiene su adversario. Unos y otros caen de rodillas ante la mirada atónita de quien le acaba de arrebatar la vida. Los hay que ya no sienten remordimiento, pues saben que ha llegado la hora de matar o morir. La sangre brota de los cuerpos horadados por las bayonetas, aún temblorosos. El viscoso líquido escarlata se prolonga por los fusiles y va a parar a las manos de aquellos que han tenido el valor suficiente de atravesar de parte a parte a otro soldado. Otro soldado que, al igual que ellos, se ha visto inmerso en la sinrazón de una guerra que ha asolado Europa, pero también a su juventud y población civil.

 

Recluta e instructor durante un ejercicio de empleo del fusil con bayoneta.

 

Llegados a cierto punto, Whittlesey se percata que uno de sus oficiales ha lanzado un ataque suicida para intentar abrirse camino fuera del cerco. Es en ese preciso instante cuando amenaza con perder los nervios, pues ese ataque ha supuesto muchas bajas para los norteamericanos que han participado en el mismo… Y, lo peor de todo, no ha servido para nada tanto sacrificio. Para evitar males mayores, ordena el repliegue de los supervivientes hacia el interior del perímetro defensivo, donde podrán contar con mayores opciones de supervivencia. En medio de aquel caos ensordecedor, la artillería germana se suma con violencia desmesurada. 

 

¿Cómo saldrá la 77ª División de Infantería de esta? ¿Cuál es el arma que protagonizará la batalla en el bosque Argonne? Te esperamos en la próxima entrega de este post sobre la Primera Guerra Mundial.

 

Daniel Ortega del Pozo

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